Al Aro                                                                       Por Héctor R. López

...Y TODO SIGUE IGUAL
5 de agosto 

   ”Si nuestro equipo fuera vencido, nuestros aficionados deben resignarse como buenos deportistas y retirarse del campo de juego tranquilamente, sin empañar o empequeñecer la victoria del vencedor” fue el llamamiento que efectuó la FUBB a los aficionados en la víspera de la inauguración del primer torneo sudamericano en 1930.
   Aunque a muchos suene inocente, aún tiene vigencia y sigue sin cumplirse.
   Esa exhortación demuestra que la violencia no se inauguró la semana pasada, porque aquí es casi tan antigua como el básquetbol, lo que puede comprobarse leyendo viejos periódicos o recurriendo a la memoria de protagonistas de otras décadas .
   Lo que si resulta nuevo, y además alentador, es que esta violencia vivida en el Cilindro parece haber reunido la opinión unánime de terminar con ella por una buena vez, mientras que en el pasado muchas veces se la ocultó o disimuló en una mala interpretación de lo que es defender el deporte.
(Diario El Observador – 5 de mayo del 2000, Por Héctor R. López)
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   Será responsabilidad de todos los dirigentes pensar no sólo en los jugadores del futuro sino también en los hinchas del futuro, cualquiera se el equipo que apoyan. Ellos deberán aprender a no perder la línea en el aliento constante, en la celebración de una victoria o en lamento de una derrota, como si jugaran un partido paralelo de hinchadas.   
   Deberán tener el control suficiente para no llevar al rival vencido a la humillación, la que ya se inicia desde las tribunas antes de saberse el resultado final, o pretender vengar una derrota convirtiendo la cancha en un ring. O sea algo tan sencillo como aprender a ganar o a perder.           
(Diario El Observador – 14 de enero de 2000, Por Héctor R. López)
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La violencia no comienza cuando alguien lanza el primer golpe al terminar un partido, cualquiera sean los rivales. Se gesta casi desde el salto inicial con aficionados convencidos que ayudarán a demostrar la superioridad de sus favoritos con presiones sobre los jueces agresiones contra los rivales – algunas de corte claramente racista si se trata de los refuerzos extranjeros – o cánticos insultantes contra los contrarios y sus dirigentes.
   Estos aficionados se sienten alentados cuando protagonistas –jugadores, técnicos o dirigentes- protestan cada fallo, dirigen sus festejos a la cara del rival o a la tribuna adversaria y gesticulan como histriones, ya sea dentro de la cancha o desde el banco.
   Con todos estos ingrediente el escenario queda listo para que estallen incidentes, que toman toda su magnitud cuando los parciales del ganador saltan a la cancha no sólo a festejar, sino para humillar al rival, y luego lo hacen los partidarios del derrotado, que se creen en la obligación de vengar la supuesta vergüenza.
   Ambos grupos se enfrentan así en una batalla para la cual hicieron ejercicios de calentamiento en los 40 minutos previos. Y si por esas cosas como por ejemplo la cancha fuera ocupada por las fuerzas policiales cualquier otra esquina de Montevideo viene bien para descargar el odio contra los colores de su rival. Porque en última instancia es un problema de colores.
(URUBASKET – 22 de noviembre de 2007 – Por Héctor R. López)

(Atención editor: Guarde este material. Lo volveremos a necesitar

 


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